Atacados en casi todos los frentes, los hispanos de los Estados Unidos, quienes somos más de 25 millones, padecemos uno de los peores males que se puede sufrir en la democracia, la apatía.
Perdidos en la rutina diaria, conscientemente ajenos a lo que nos rodea, vivimos en el limbo de las telenovelas, las vulgaridades radiales y los conciertos de los famosos.
Descansamos demasiado en las ofertas del país en el cual escogimos vivir, soñando con un regreso a la patria original que usualmente nunca llega. Con la residencia es suficiente, pensamos, mientras los golpes llueven de izquierda a derecha.
A veces, sacudidos por ciertos grupos de activistas, hay una elevación ligera en el número de los que nos hacemos ciudadanos y una vez que tenemos el certificado que nos hace americanos, no actuamos como debíamos.
Por supuesto, cuando nos pinchan nos quejamos. Y miren que nos pinchan. Bajos salarios, pobres condiciones de trabajo, escuelas que no son las mejores, estafas… la lista sería interminable.
No estoy hablando de los indocumentados, pobre gente que fue usada hasta la saciedad por los blancos, y quienes, cuando buscan un chivo expiatorio, lo primero que localizan es al jardinero o al sirviente en el restaurante para culparlos de los males sociales. Hablo de aquellos que estamos aquí de manera legal y muy pocas veces nos preocupamos por entender que ante los ojos de los nativos de ojos azules, todos somos iguales… un montón de indios que están aquí para recibir welfare y son responsables de la criminalidad.
Hace algunos años y en una reunión de los llamados minutemen, una estudiante gringa tomó la palabra para afirmar que en todos los actos terroristas cometidos en Estados Unidos había participado algún indocumentado. Por supuesto, la realidad es que todos aquellos extranjeros que han atacado a Estados unidos dentro de su territorio estaban aquí con papeles legales. Pero, para esta jovencita, fue más fácil alentar a su estúpida audiencia con una afirmación aún más estúpida.
La culpa no es de ella, ni de los integrantes del Tea Party, ese grupo de radicales que escudados en un supuesto patriotismo despotrican disimuladamente en contra de quienes tenemos una herencia que no es de Europa, sino de nosotros mismos que no participamos y seguimos viviendo en el limbo de la ignorancia.
Hay que votar, hay que informarse, hay que usar un poco de nuestro tiempo para ser parte de la sociedad en que vivimos y no una parte estática y semi ausente, sino participantes completos decididos a que las cosas cambien en beneficio del papel que nos corresponde como ciudadanos del país.
Hay elecciones este 2 de noviembre. Este podría ser un buen comienzo para comenzar a distinguir entre la ignorancia cómplice y la participación activa. Recuerde que no se trata sólo de usted, sino de sus hijos. Ellos, al menos, merecen ese esfuerzo.
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