Siendo originario de un país comunista, Cuba, los cambios ocurridos en la llamada República Popular China en las últimas tres décadas me han resultado fascinantes.
Y ciertamente para el observador de los procesos políticos internacionales resulta singular que un país gobernado por comunistas esté resultando al final la tumba del comunismo.
Desde finales de la década de los setenta, pocos años después de la muerte de Mao Zedong, un grupo de reformistas dentro del gobierno chino, bajo la dirección de Den Xiaoping, decidieron poner a un lado la filosofía comunista… todo ese sofisma de lucha de clases y economía centralizada a favor de una economía de libre mercado, leáse capitalismo.
Los resultados han sido poco menos que milagrosos. En poco más de 30 años, China ha emergido como una potencia económica, disputando un lugar privilegiado entre las naciones desarrolladas.
En esas décadas, más de 500 millones de chinos han salido de la pobreza, fábricas y negocios de todo tipo florecen a diario y este nación de más de mil 300 millones de personas avanza a pasos agigantados en el sector económico.
Nada de esto ha significado, sin embargo, que no exista un control político férreo sobre la población, la ausencia de libertad de expresión, censura a los medios de comunicación, incluído el internet y denuncias constantes de violación de derechos humanos.
Este año, cuando el Premio Nobel de la Paz fue adjudicado al activista chino Liu Xiabao, la respuesta del gobierno comunista chino fue casi de histeria.
Xiabao fue uno de los líderes de las protestas del 1989 en la plaza tiannamen, donde cientos de jóvenes activistas murieron a manos del ejército y más tarde fue el redactor de un manifiesto pidiendo cambios en el gobierno chino que llevaran a la democracia. Por ese manifiesto, Xiabao fue condenado a 7 años de prisión.
El Partido Comunista y el gobierno chino usaron todos los elementos a su disposición para desacreditar el premio a Xiaobao, incluyendo amenazas de “consecuencias” para aquellos países que asistieran a la entrega del premio, al tiempo que mantuvo a la esposa de Xiabao bajo arresto domiciliario y arrestó a cientos de simpatizantes del activista. En China fueron censuradas todas las noticias que mencionaran al Premio Nobel de la Paz.
Durante los últimos años, China ha trabajado intensamente para ganarse amigos. El asunto de Xiabao y el intenso trabajo de propaganda china en su contra, han nulificado la mayoría de esos esfuerzos.
Preguntamos a la Dra. Ling Shiao, profesora de historia de la Universidad Metodista del Sur, acerca del porqué de esta reacción tan vitriólica del gobierno chino.
“Pekin cree que la concesión del premio a Liu Xiabao es otro ataque de occidente. En 1989 el Comité del premio concedió el mismo al 14th Dalai Lama, poco después de la represión de manifestaciones en Tibet y la masacre de la Plaza Tiananmen. Significativamente fue durante el Movimiento pro Democracia de 1989 que Liu Xiabao adquirió notoriedad como activista politico.” Y agregó la profesora Shiao, “Como regimen autoritario, Pekin es propenso a reaccionar con violencia a la crítica abierta, tanto de su gente como de los extranjeros.” Sin embargo, aclara la Dra. Shiao “Los chinos hoy disfrutan de una libertad personal e intellectual como nunca antes desde que el Partido Comunista Chino tomó el poder en 1949.”
Y finaliza la Dra. Shiao “Es poco afortunado porque el gobierno chino pudo ofrecer mejor imagen si hubiera reaccionado ante la decisión del Comité Noruego del Premio, de una manera más tolerante. Lo que hizo sólo confirma su imagen represiva. Por supuesto, la reacción de Pekín no sorprendió a nadie.”
Lo más extraordinario de todo esto es que durante mis viajes a China, entrevistando a decenas de chinos en diferentes ciudades, comprobé que lo que le preocupa al ciudadano común no es la democracia, sino el poder recibir beneficios de las importantes transformaciones económicas que tienen lugar en el país. Millones de chinos están aún muy lejos de esos beneficios.
Al final la virulenta reacción contra el premio a Liu Xiabao destaca la fragilidad del gobierno chino y el temor al surgimiento de líderes reconocidos que puedan retar la estructura unipartidista del mismo.
Quizás al final, este incidente con sus connotaciones negativas en el mundo contra China, podría servir para agilizar el esqueleto gubernamental chino hacia un desarrollo pluralista en el sentido político sin que necesariamente signifique un cambio brusco al modelo democrático, sino los primeros pasos para que el Partido Comunista Chino quede en la historia como un verdadero reformista.
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