Abrumados por más de medio siglo de carencias y necesidades bajo la férrea economía planificada de la dinastía de los hermanos Castro, La Habana ha comenzado a jugar con la idea de una reforma económica.
Hacen más de seis meses que el gobierno anunció la eliminación de un millón de puestos de trabajo sin que hasta ahora hayan podido materializar esos despidos en un país donde el 95 por ciento de los empleos están bajo control estatal.
En ese estira y encoge buscando hacer eficiente lo que por naturaleza no lo es, el gobierno anunció hace poco sin usar el término reforma, que permitiría el empleo por cuenta propia y hasta la contratación de empleados.
Supongo que el vetusto dictador Castro debe estar con los hígados ardiendo al tener que aceptar de hecho que medio siglo de socialismo no han traído el cumplimiento de ninguna de las promesas hechas cuando asumió el poder en 1959.
Cuba puede mirar hacia Vietnam o Laos, donde la práctica socialista ha quedado sepultada bajo el ejemplo de los chinos, con una economía de libre mercado que ha logrado mejorar la vida a millones de sus ciudadanos.
Los esfuerzos cubanos, sin embargo, no parecen destinados al éxito por la timidez de las reformas.
Los países “socialistas” como los mencionados anteriormente, entendieron que la única forma de mejorar la vida de sus ciudadanos era adoptando un sistema de libre mercado con todas las consecuencias que esto trae, incluyendo abrir las puertas al capital extranjero, crear sistemas bancarios de préstamos, usar un sistema de impuestos que deje un respiro a los incipientes comerciantes, tener los mecanismos de obtención de insumos de producción, liberalizar la compra y venta, etc.
Sin embargo, durante el reciente congreso del Partido Comunista, Castro llenó la dirigencia del país con miembros de la viaje guardia, dinosaurios muy ricos pero que odian la riqueza, valga la contradicción. Con esos nombramientos, Raúl Castro, actual monarca del país, dejó en claro que las reformas eran cosméticas y que las ideas jóvenes no tenían cabida en la dirección del país.
El temor de los Castros, obviamente, es crear un sistema donde su propio poder político se vea en peligro. Cuba no es China, donde el partido Comunista ha sido lo suficientemente inteligente como para proveer un mejor estándar de vida a sus ciudadanos, al tiempo que aseguran la permanencia en el poder.
Las reformas anunciadas en Cuba, han sido recibidas por los cubanos con el escepticismo propio de quienes a través de más de 5 décadas han escuchado promesas tras promesas, sin que los resultados fueran lo prometido.
Este propio escepticismo crea en sí mismo un freno a los intentos por estimular una economía basada en principios que han resultado totalmente fallidos.
Hace unos días una delegación de dirigentes chinos visitó la isla y supongo que de alguna manera quisieron enseñar a los cubanos el camino al éxito. Que la dirigencia de la isla decida que es tiempo de realmente emprender un camino de mejoras a la población, es otra historia.
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