Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA cfzap@yahoo.com
DALLAS, Texas - Se dice que si cayera una bomba en el centro de Taiwán, 9 de cada 10 muertos serían dueños de empresa.
Según los entendidos, Taiwán es uno de los países donde la economía depende no de sus grandes corporaciones, o de inversiones extranjeras, sino del motorcito que significan los "changarros", los negocios chicos.
Basta con que alguien tenga una idea, invierta un dinero, posea visión, empuje y ganas para echar a andar un negocito. Y, las más de las veces, triunfar.
De hecho, según los expertos, son estos "changarritos" los que le han dado el poderío económico a buena parte de los "Tigres" de Asia. No las grandes corporaciones japonesas o coreanas, sino las empresas chiquitas, familiares.
Por eso tiene tanta importancia la pequeña empresa. Y los emigrantes asiáticos, en general, es a lo que aspiran cuando ponen un pie en Estados Unidos: Ser dueños de su propio negocio.
Claro, hay asiáticos que buscan la seguridad de un empleo, como todos. Hay otros que solo vienen a vivir de estampillas de alimento o a formar pandillas y mafia.
Pero la mayoría de ellos se distinguen por un empuje empresarial increíble.
Uno, como inmigrante latinoamericano ve a los inmigrantes asiáticos (chinos, vietnamitas, filipinos, coreanos) y no puede menos que admirar su desarrollo. Casi todos viven en mejores barrios, en promedio, que los latinos. Casi todos tienen un negocio, o poseen educación avanzada, que les permite aspirar a puestos más altos, generalmente en empresas de tecnología.
A veces vemos a esos inmigrantes y nos entra como envidia. Claro, decimos, ellos lo tienen más fácil. Llegan con papeles, con residencia. Quizá hasta de refugiados. Y eso ya les gana la mitad del camino: Tener seguro social y licencia de manejo es algo a lo que muchos inmigrantes latinos nunca podrán acceder legalmente, con las actuales leyes de Estados Unidos.
O sea, pensamos que los "chinitos" la han tenido muy fácil. Así hasta yo, decimos.
Pero basta escarbar un poco en las historias de esos inmigrantes para darse cuenta de que, detrás de ese "chinito" empresario, de esa "chinita" universitaria, que se codea con los gringos de la "high" y estudió en Harvard o Yale, se esconden las mismas historias por las que todo inmigrante pasa al llegar a este país: Esfuerzo, sufrimiento, y hasta discriminación.
Como el relato de aquella joven empresaria exitosa de Frisco, a quien todo mundo ve en autos caros. Pero ella no tiene empacho en relatar a los medios cómo su familia huyó con lo que tenían puesto de Vietnam, en una balsa. Cómo piratas los robaron, y cómo pasaron meses en una isla desierta, sobreviviendo de lo que encontraban, hasta ser rescatados.
Pasaron años en un campo de refugiados, antes de que Estados Unidos se condoliera y les diera una visa de refugiados.
Llegar a Estados Unidos no fue fácil, como no lo es para ningún inmigrante. Mucho menos asiático: Con una cultura totalmente distinta, otro idioma, y hasta otro alfabeto.
A lo largo y ancho de Estados Unidos día a día se ven historias similares: Inmigrantes asiáticos que llegan con una mano delante y otra detrás, y poco a poco logran, de la nada, reinventarse. Y nos dan a todos una lección de sobrevivencia.
Cuando no son empresarios, son profesionistas exitosos. Por su preparación, encuentran acomodo donde sea, a pesar de que su acento en inglés sea peor al nuestro.
Sandra, una amiga hondureña, recuerda que cuando trabajaba en una agencia de colocación de empleo, sus principales solicitantes eran mexicanos y asiáticos.
"Siempre que nos llegaba un empleo muy bueno, en una fábrica o empresa de tecnología, yo como hispana trataba de acomodar a uno de nuestra gente. Y me iba a los archivos a ver sus expedientes", recuerda Sandra.
"¡Pero no encontraba a nadie! Los hispanos no teníamos ni la preparación ni la experiencia que esos trabajos exigían", se lamentaba. "Y siempre terminaba dejando el archivero de los hispanos y me iba al de los 'chinitos', donde seguro encontraba al candidato para el puesto. Y ése era el que siempre se quedaba con él".
A pesar de sus increíbles éxitos, son pocos los asiáticos que de verdad triunfan. Poquísimos, de hecho. Por cada uno de ellos que "la hace", se quedan miles a mitad del camino. Algunos hasta la vida pierden en su esfuerzo por llegar a Estados Unidos.
Porque, si uno como mexicano sufre las de Caín por llegar a Estados Unidos (por el desierto o por el Río Bravo), imagínese lo que debe pasar una familia pobre en China o Vietnam.
Los periódicos han reportado casos horrorosos de inmigrantes chinos a los que los "coyotes" (asiáticos y mexicanos) les cobran hasta 20 mil dólares por pasarlos de "mojados" por la frontera de México. Muchos de ellos venden todo lo que tienen, o empeñan lo poco que les queda a sus familias para pagar la cuota.
Y muchos de ellos, la mayoría de hecho, ve truncados sus sueños al ser atrapado ya sea por 'La Migra' mexicana o la norteamericana. Y van pa' atrás, a comenzar de nuevo a tratar de juntar otros 20 mil dólares para intentarlo otra vez.
Los que sí logran entrar a Esatdos Unidos tampoco la tienen fácil: Tienen que enfrentarse a un esfuerzo quizá hasta doble del de nosotros los latinoamericanos. Llegan a un país totalmente extraño al suyo, extremadamente alejado, donde no entienden la cultura, ni el idioma. Vaya, ni siquiera el alfabeto.
A pesar de lo duro y difícil que nosotros la tenemos, hay tantos inmigrantes latinos aca, el español se habla tanto (hasta en la tele) que el sentimiento de lejanía nunca es tan devastador como ocurre con los asiáticos.
Y a pesar de todo eso, muchos se levantan. Y consiguen hasta éxitos mayores que uno.
Esas historias quizá los mexicanos las conocemos ya. No es raro ver el típico café de chinos en el DF, Guadalajara, Monterrey, Veracruz, Aguascalientes, Mérida y dónde no. Y todos esos migrantes que llegaron a México hace generaciones dejaron a sus hijos y nietos, quienes a pesar de sus ojos "jalados" son más mexicanos que el nopal.
El choque entre las culturas asiática y mexicana se sigue dando hoy en día. Pero al norte del Río Bravo.
A la vuelta de mi casa había un supermercado asiático. Era bastante grande, y tenía de todo: Carnes, verduras, frutas, refrescos... Vaya, hasta la música de fondo nos recordaba la serie de la Señorita Cometa.
Al supermercado asiático le iba muy bien. Y así fue durante años.
Luego, un día, llegó una familia mexicana al barrio. Y después otra, y otra.
Cuando los dueños acordaron, ya los asiáticos se habían mudado a barrios más al norte, fraccionamientos caros y nuevos, y los latinoamericanos habíamos ocupado sus antiguas casas.
Las ventas bajaron. Y el supermercado se vio obligado a meter chiles, tamales, horchata y hasta una taquería entre sus productos.
Cuando volví al supermercado noté que una estación hispana estaba transmitiendo en vivo desde allí. La música de tambora, Los Tigres y Los Bukis habían arrasado definitivamente con aquellas amelcochadas cancioncitas que me recordaban a la Cometa.
Caminando por los pasillos de la tienda, empujando mi carrito, noté un cambio: Las marcas chinas, japonesas, coreanas y vietnamitas habían dado espacio a Marinela, Bimbo, Tía Rosa, Doña María, Jarritos, Coronado, Mazola, Maseca y todo lo demás.
"¡Renovarse o morir!", declaró sonriente el bigotón carnicero, que me despachó una libra de picadillo. Él, como la música, era mexicano, y había llegado a sustituír al carnicero "chinito" que sólo despachaba pescados anteriormente.
Tuve sentimientos encontrados. Claro, estaba agradecido de que el supermercado fuera sensible a mis necesidades como consumidor. Que me trajera las cosas que yo compro, aquí, a la vuelta de la esquina. Que me vendiera todo eso que yo compraba en México, como si nunca me hubiera ido.
Había también, para qué no decirlo, un cierto orgullo "de raza". Los propios asiáticos habían reconocido la realidad, y decidieron darle la espalda a su propia gente, a sus consumidores de siempre, en favor de nosotros los mexicanos.
En más de un sentido, el cambiazo del supermercado era un símbolo, un testamento al "triunfo" de nuestra gente sobre los "chinitos".
Pero el sentimiento de orgullo me duró poco. Porque se me ocurrió, mientras pagaba en la caja, que en alguna elegante oficina de un barrio lujoso de Dallas, había un “chinito” multimillonario frotándose las manos.
Seguramente él estaba más que feliz de que los mexicanos sigamos llegando en tropel al barrio, a engordarle el bolsillo.
No sé, pero me dió la sensación de me estaban engañando como a un chino.
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